septiembre 16, 2021

Pandemonio

“Nunca he estado preso, pero pasé muchos días de mi vida metido en la cárcel de Piedras Gordas 2. Fui a prisión voluntariamente porque dirigí una especie de club de lectura para internos por tres años, o lo que es lo mismo, por 156 semanas ininterrumpidas.“

Por: Beto Ortiz Pajuelo

Nunca he estado preso, pero pasé muchos días de mi vida metido en la cárcel de Piedras Gordas 2. Fui a prisión voluntariamente porque dirigí una especie de club de lectura para internos por tres años, o lo que es lo mismo, por 156 semanas ininterrumpidas. Contando las horas de controles, espera, rejas, firmas, permisos, sellos, inspecciones- podría decir que, cada vez que acudí, dicté una sesión de taller de aproximadamente seis horas de duración. Eso significa que, de acuerdo a mis discutibles cálculos, dediqué cerca de mil horas a intentar que un grupo de 40 muchachos presos se abocaran a la improbable misión de matar las horas -ya bien muertas- del encierro, interesándose en leer libros que lograran concentrar algo de su etérea atención y que, si esa idea funcionaba -ya en el colmo de mi romanticismo- también se animaran a escribir el suyo propio, si acaso no era demasiado pedir. Ahora que lo pienso, creo que para intentar siquiera una cosa semejante había que estar un poco mal de la cabeza y yo lo estaba, sin duda. Lo estoy. ¿Por qué lo hice? O, mejor dicho: ¿por quién? Por mí, por supuesto. Lo hice para intentar salir del marasmo de esa vida ermitaña y esféricamente estúpida que había construido para mí mismo, ese aburrido pantano de éxito promedio en que me hundía sin remedio, para ensayar una nueva estrategia radical que me hiciera volver a experimentar algún entusiasmo nuevo, algún resabio de pasión, algún estremecimiento, para volver a enamorarme de alguien o de algo, por una maldita vez. 

Sabía muy bien que mi condición de periodista de la tele gatillaría todas las desconfianzas, y no solo en las autoridades penitenciarias que verían en mí a un perfecto agente encubierto que se infiltraba para denunciar los abusos y las corrupciones de todo calibre, (que son la viga maestra que sostiene al sistema), sino también en los propios reos que, por supuesto, me mirarían con su consabido airecillo de superioridad callejera, cierto inevitable morbo y mucha displicencia, como se mira a un intruso sospechoso al que nada útil lo puede haber traído por aquí. Intentar siquiera solicitar los permisos a través de los conductos regulares hubiera sido una pérdida de tiempo por lo que decidí ahorrarme los trámites y me metí casi a la fuerza en ese lugar del que todo el mundo se muere por salir. Me metí en esa prisión como un prófugo al revés, literalmente, por la ventana. Un amigo francés, diseñador de moda, me había presentado con unas educadoras carcelarias -con cuya complicidad- había logrado armar una pequeña industria de talleres de confección de camisetas, muy a la moda, en celdas cedidas generosamente para tal fin por algunos de los más influyentes taitas de tres prisiones de Lima. Mi proyecto, por supuesto, era bastante menos ambicioso. O lo era de otra forma, tal vez. Yo no estaba llegando a enseñarles a fabricar ningún producto que pudieran vender para subsistir. Llegaba, más bien, a compartir con ellos un secreto que, estaba seguro, les haría más soportable el asfixiante mundo en que moraban, porque era un truco que a mí me había funcionado siempre, desde muy chico, desde que esconderme a leer novelitas de aventuras en la biblioteca del colegio de mi madre operaba en mí, el milagro de suspenderme, aunque solo fuera por unas horas, el tedio precoz y abrumador de la existencia. 

Fue entonces que, tal como si lo hubiera planificado, hizo su abrupta aparición en mi vida aquello que yo, de manera quizá torpe pero instintiva, había ido a buscar hasta allí. Era Luisín, el muchacho espigado y atlético, de encanto avasallador que habría de hacer conmigo lo que le diera la gana durante los meses y años que duraría aquella espléndida aventura. Desde el fondo del largo comedor en que los celadores habían apiñado a un par de centenares de reclusos para aquella extraña, primera reunión conmigo, su mirada de animal hambriento se las arregló para abrirse paso en medio de las cabezas de todos los demás hasta estrellarse -como un disparo relampagueante- contra la mía. En mi precaria calidad de voluntario debutante, yo había llegado aquella mañana de noviembre, decidido a hablar con todos y con nadie al mismo tiempo, resuelto a no entablar contacto visual específico con ningún reo en particular para que no quedara resquicio alguno para la chacota y el relajo, pero tenía claro que tampoco haría el menor esfuerzo por tratar de hacerme el recio entre los recios. Debía evitar que se me subieran a la cabeza sin tener que esforzarme, todo el tiempo, por hacerme respetar subrayando mi presunta autoridad, que de eso ahí debían estar ya todos absolutamente hartos. 

Como ya todos sabían que yo era periodista de televisión, no fue menester hacer demasiadas presentaciones. Les hice sí, la promesa de que no estaba llegando a investigar ni a reportear acerca de nada y que mi única intención de estar allí era convencerlos de que -si se animaban a comenzar a leer un libro- su estadía en ese sitio deprimente sería mucho menos interminable y aburrida de lo que ya era. En medio de la explicación seguramente confusa que les estaba dando acerca de la real razón de mi presencia experimenté la magia de una iluminación, tuve una ocurrencia afortunada y, de pronto, me sorprendí a mí mismo diciéndoles:

“La única diferencia que existe entre ustedes y yo es que a ustedes sí los atraparon.”

La frase los tomó por sorpresa y generó risas y aplausos que terminaron por romper, por completo, el hielo. Creo que fue en aquel instante providencial en que, muchos de ellos, me sintieron, por primera vez, cercano, casi como si yo fuera un delincuente más. Tuvieron la certeza de que estaban frente uno de los vuestros. “Las únicas reglas que vamos a seguir acá son tres” -proseguí explicando aquel peculiar juego que estaba, prácticamente, inventándome sobre la marcha- “La primera es que no me interesa saber por qué están aquí, no quiero que nadie me explique qué cosa hizo ni por qué cayó preso porque no me interesa ni se los pienso preguntar”. “Pero nosotros sí queremos preguntarte por qué has venido” -dijo una voz que se camufló en la multitud. “Eso es algo que tendrán que averiguar ustedes” -respondí haciéndome el interesante- “quizás ya soy amigo de alguno de ustedes desde antes y es mi coartada para poder venirlo a visitar.” “¿Y cuál es la segunda regla?” “Que si alguno de los libros que les entrego, les aburre, lo abandonen, lo dejen de leer inmediatamente.

No hay razón para obligarse a leer algo que no los haya atrapado por completo”. “¿Y la regla final?” “Que escriban algo, cualquier cosa, aunque sea una línea, media línea cada día…hoy, por ejemplo, necesito que me cuenten un secreto. Voy a repartir papeles y lapiceros: ustedes me escriben un secreto y lo firman con un seudónimo”. “¿Qué es un seudónimo?” “Un alias, un nombre de batalla”. “¿Cualquier secreto?” “Secretos oscuros, de preferencia, secretos dolorosos, que los avergüencen, cosas que les cueste trabajo confesar”. Recuerdo que esa primera mañana me llevé del penal un sobre manila repleto de sus confesiones y las fui leyendo, una por una, sentado en el asiento del copiloto, mientras Tony, mi fiel asistente, lidiaba con el tráfico endemoniado del regreso a la ciudad.

En medio de todo lo que, cubriendo culposamente con sus manos, los chicos habían escrito en aquellos papeles doblados había cartas de amor torturado, sueños posibles y delirios absurdos, deseos de triunfo personal y también de venganza sangrienta, fantasías sexuales de todo tipo y también crímenes imaginarios en los que ajusticiaban sin piedad a sus cómplices, a sus denunciantes, a sus delatores, a sus vecinos, a sus padres, a sus parientes, o a cualesquiera personas a las que culparan de aquel infortunio fatal de haber caído en la maldita jaula. 

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